La soledad ahora es cosa de todos/as (II)

soledad no deseada persona mayor

El envejecimiento y la soledad están en constante cambio. El aumento de la longevidad o el alargamiento de la mal denominada tercera edad son algunos de los factores que determinan la transformación y marcan el lindar de una nueva época de retos económicos, políticos y sociales, como explicábamos en la primera parte de La soledad es cosa de todos/as. A continuación presentamos 7 aspectos clave para entender el reto de la soledad en el siglo XXI. 

 

 

Es un fenómeno complejo, diverso y plural

 

Existen tantas soledades como individuos que la viven. Es necesario entenderla en su contexto, individual y comunitario, para poder detectarla y abordarla.

 

 

Acontece en todas las etapas vitales

 

La soledad tiene un impacto en todas las etapas vitales, pero se agudiza durante la vejez: un proceso de pérdidas asociado al propio ciclo de la vida (marcha de los hijos, pérdida de la pareja o amigos cercanos, etc), conjuntamente con un proceso paulatino de reducción de capacidades funcionales y un cambio en los roles sociales (jubilación, reducción de grupos sociales, etc) provocan que su prevalencia sea mayor en la última etapa de la vida.

 

 

Afecta la calidad de vida

 

La soledad tiene un impacto directo en la calidad de vida, estado de salud y bienestar de las personas: en lo que se refiere a la salud física, acentúa la obesidad, aumenta la presión sistólica, amplifica el declive motor, eleva las alteraciones del sistema inmune, etc. y en cuanto a la salud psicológica, predice síntomas depresivos, aumenta los problemas de sueño, empeora el deterioro cognitivo, aumenta el riesgo de padecer Alzheimer, acrecenta los problemas de salud mental etc. Incluso, tal y como defiende el neurólogo y catedrático de la Universidad de Harvard, Alvaro Pascual Leone, en su último libro El cerebro que cura, la soledad puede considerarse una enfermedad mortal.

 

 

No todos los términos son lo mismo

 

Es necesario diferenciar la exclusión social, el aislamiento social y el sentimiento de soledad. Por un lado, la exclusión social es una situación objetiva, fruto de un proceso dinámico de combinación de factores de vulnerabilidad, en el que la dimensión relacional puede ser vertebradora del propio proceso, un agravante, o no tener un papel. Por el otro, el aislamiento social y la soledad son dos fenómenos entre los que existe una estrecha relación (las personas en situación de aislamiento social tienen más riesgo de sentir soledad).

No obstante, mientras que el aislamiento social se caracteriza por la falta o existencia limitada de relaciones personales duraderas, y se puede medir por la densidad de la red social, la soledad no deseada es un sentimiento subjetivo de la persona, fruto de una discrepancia entre las relaciones deseadas y las reales.

A menudo, investigaciones que abordan la soledad como tal, nos ofrecen una imagen difusa, con conceptos mezclados y en ocasiones contradictorios. Todo ello dificulta el diseño de políticas y programas, así como su implementación e impacto efectivo.

 

 

No es un fenómeno individual

 

La soledad no deseada, en la sociedad del siglo XXI, ya no es un fenómeno individual. Tal y como se deduce de la lectura de este artículo, ha pasado de ser “cosa de uno” a ser “cosa de todos”. Hoy ya es un fenómeno social.

 

 

El género importa

 

Cuando abordamos la soledad no deseada es importante tener una mirada de género. Es necesario desarrollar conocimiento en este campo ya que la evidencia empírica es contradictoria. Existen investigaciones que no encuentran diferencias mientras que otras hallan mayores índices de soledad en los hombres. Así mismo, comprender la vivencia del sentimiento en ambos sexos para desarrollar modelos de intervención eficaces, hoy en día todavía es una asignatura pendiente.

 

 

Es difícil de detectar

 

El sentimiento de soledad es difícil de reconocer y por ende, difícil de detectar y abordar. En ocasiones implica sentimientos de vergüenza o culpa ya que sentirse solo o sola no necesariamente está asociado al hecho de “estar solo/a”, y puede darse en contextos familiares o de compañía. Por este motivo, resulta necesario dotar de herramientas y recursos a los agentes que están en contacto directo con la población mayor, para poder detectar situaciones de soledad y aislamiento, y que éstas sean derivadas a los recursos, programas y/o proyectos destinados a paliar su efecto.

Así las cosas, la relación entre soledad y envejecimiento, lejos de ser una combinación sencilla, se nos presenta más bien como un fenómeno complejo, que comprende interacciones individuales, familiares y comunitarias, que engloba aspectos objetivos y percepciones subjetivas, y que se ve influenciado por comportamientos individuales y expectativas culturales, a la vez que es mediatizada por factores externos, sociales y estructurales, y tiene un fuerte impacto en la salud.

 

A nuestro modo de ver, el primer paso es entender el constructo en su complejidad individual y social, como explicamos de forma más extensa en este artículo que se publicará en papel en el próximo cuaderno de la Fundación Grífols i Lucas.

 

Elisa Sala Mozos - Observatorio de la Soledad

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